El domingo, una “marcha por la liberación” congregó a
cientos. Entre ellos, colectivos paramilitares progubernamentales y
trabajadores de instituciones públicas coreaban consignas bajo una atmósfera
cargada. “El pueblo arrecho reclama su derecho”, se escuchaba entre la
multitud, mientras hombres vestidos de negro y armados patrullaban los
alrededores.
Rosa Contreras, líder social de 57 años del barrio de
Antímano, resume el sentir de muchos: “Honestamente, me siento humillada. Me
parece muy fácil la manera en que se llevaron a nuestro presidente. Pienso que
hubo algún tipo de traición”. Su voz refleja la desazón de quienes ven en la
llamada “Operación Resolución Absoluta” una afrenta a la
soberanía nacional.
El operativo, ejecutado por la élite de las Fuerzas Delta
estadounidenses, implicó el despliegue de 150 aeronaves desde tierra y mar.
Maduro y Flores fueron capturados en suelo venezolano y trasladados a un buque
en el Caribe, antes de ser enviados a Estados Unidos. La rapidez y precisión de
la acción dejó atónito incluso a simpatizantes del gobierno, quienes ahora
murmuran entre dientes el viejo refrán: “Una cosa es llamar al diablo y
otra verlo llegar”.
La frase, cargada de ironía amarga, alude a quienes durante
años desafíaron retóricamente a Washington, sin imaginar que la respuesta
llegaría de forma tan contundente. Hoy, mientras Maduro enfrenta a la justicia
estadounidense, las calles de Caracas se convierten en el escenario de un duelo
nacional: el de un pueblo que ve cómo las tensiones geopolíticas se
materializan en su propio suelo, con helicópteros extranjeros surcando el cielo
y una pregunta flotando en el aire: ¿qué sigue para Venezuela?

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